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15 de octubre de 2014
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¿Y si subo y cenamos en tu casa?

17:36


-¿Y si subo y cenamos en tu casa? – me dijo.

Estábamos en mi portal, ella y yo solos. Los últimos clientes salían con sus bolsas en el supermercado de enfrente. Allí estábamos, como cuando tenía 15 años y la primera chica de la que me enamoré pasaba conmigo interminables ratos entre sí besarnos o no, con el miedo latente de que aparecieran sus padres. Pero entonces yo más que doblaba aquella edad y se me suponía saber manejar estas situaciones. Ella era alta, un tanto arrogante y con la belleza de una chica en insultante juventud. Ya habíamos pasado ese momento en el que el cuerpo te dice “lánzate a besarla” sin que ninguno hubiera dado el paso y yo ya estaba empezando a pasar frío.

- Sí vas a estar dos semanas en el extranjero creo que tu novio querrá pasar toda la noche contigo – le dije mirándola a los ojos.

Quería que subiera. Poner la música, atenuar las luces, descorchar el Cune y acabar acariciando sus rizos. La quería para mí. Pero no sólo como amante. Yo quería que fuera mi novia. Si la dejaba subir mi instinto me haría abalanzarme sobre  ella. Y si se liaba conmigo mientras vivía con otro sabía que nunca podría fiarme de ella y por lo tanto tendría que descartarla como pareja. De no hacerlo viviría siempre con la duda. O podía pasar todo por alto y que sólo fuera sexo, esperando que el novio, policía, no apareciera nunca con un bate de béisbol serigrafiado con mi nombre. Incluso podría ser que todo el tonteo de los últimos meses fuera excusado con un “sólo somos amigos” en el momento en el que diera el paso. Sé lo que la mayoría de hombres habrían elegido.


Pero yo decidí no atacar. Con el tiempo ella acabó arreglando los problemas con su novio y se desapuntó de las actividades que hacíamos en común. Y yo acabé con un agujero menos en el cinturón.



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