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7 de junio de 2015
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Regálale el oído, ¡aún más si es tu mujer!

12:37
A veces los hombres no sabemos cómo comportarnos
 Últimamente ya no escribo por aquí porque apenas aprendo nada nuevo y no quiero repetirme con cosas ya escritas en este blog. Sigo con mi filosofía de aprender continuamente y no quedarme en mi zona de confort y de hecho estoy metido en clases de salsa de rueda cubana, pero de eso es muy difícil crear un debate online. J

Anoche sí viví una experiencia curiosa con mis nuevos compañeros de trabajo. Nos fuimos de bares por la tarde y posteriormente a cenar en un restaurante chic. Entre ellos hay un tipo bastante peculiar de treintaypocos años, un personaje que choca al principio por sus arranques explosivos, sus comentarios abiertamente sexuales a todas horas y por ataques dialécticos que te ponen contra las cuerdas, todo ello aliñado con un acentillo francés. Acaba resultando un tipo franco y entrañable pero hay que conocerle.

El caso es que mientras estábamos saliendo de marcha me llamó una polaca que había conocido la semana anterior en clases de salsa. Le había escrito por whatsapp y no me había contestado (a pesar de que había sido ella la que me había pedido el teléfono) y por lo tanto ya no pensaba que fuera a pasar nada con ella.

Cuando dije que iba a recogerla en un sitio cercano mi compañero me dijo que me acompañaba, aprovechado para cotillear qué tenía con ella y demás. Llegamos en seguida y al acercarnos y él asegurarse que la que figura tipo 90-60-90 de pelo oscuro y largo de tez blanca era mi amiga se le escapó un “wau” y tardó un poco en reaccionar.

La noche continuó, mi compañero se puso las pilas con el inglés (único idioma que tenemos en común con ella) y nos sentamos en el restaurante de tal manera que ella estaba en frente de mí, mi compañero a mi lado y su pareja (11 años juntos y un hijo de 2) enfrente suya, al lado de mi amiga. Mi compañero estaba fuera de sí, haciendo un caso descarado a mi amiga y su mujer hacía esfuerzos por tragar con ello de la forma más digna posible. Mi amigo no podía quitarle el ojo a mi amiga y yo no podía quitarle el ojo a su mujer, atraído por las continuas reacciones verbales y gestuales de la pobre chica, que tragaba cosas que pocas harían.

Poco a poco empecé a remarcar las características positivas de su mujer. Era agradable sin más y no destacaba físicamente por nada especial, quedando empequeñecida ante la exuberancia y brillo de mi amiga, pero se le veía una chispa especial dentro, aparte de una paciencia infinita para soportar al tira-trastos de mi compañero. Empecé a preguntarle por la trenza que se había hecho en el flequillo, que empezaba en la frente y quedaba sujeta en la oreja derecha, dándole un aire muy original. Al poco rato, mi amigo que se había ido a combatir al frente polaco se vió atacado en la retaguardia y replegó velas, acusándome directamente de tirarle a su pareja con el tono serio que usa cuando está de coña. Le contesté con una sonrisa que no le estaba haciendo caso a su pareja y él cometió el tremendo desliz de empezar a compararla con mi amiga polaca, remarcando todas las cosas en las que su pareja perdía. Reconozco que no me esperaba semejante torpeza. Creo que llegué a decir en voz alta “¿Pero qué haces?”

Al hombre se le enamora con la vista,
 a la mujer con el oído
Mi compañero empezó a hablar de otras mujeres y de mi amiga polaca y la pobre chica acabó utilizando el argumento de que ninguna otra le había dado un hijo como ella. En un momento dado ella le dijo algo tipo “… todas las que pasan por la calle” y él contestó tan mal que yo intervine. Les corté, le pedí a ella que repitiera la frase y cuando le tocaba hablar a él le dije “y ahora tú le dices: ninguna como tú”, como si fuera su profesor y le estuviera dando clase. Toda la mesa se rio y él entendió de qué estaba hablando. La chica se excusó y se fue al baño magullada en el orgullo, a lo que yo aproveché para insistirle a mi amigo que igual que él necesitaba sexo constante, ella necesitaba palabras bonitas (y sinceras) igualmente. Que cualquier mujer quiere sentirse especial y que necesita que se lo digas frecuentemente. Que no importa que llevéis 11 años juntos. Que no importa que esté acostumbrada a ti y tolere ciertos comportamientos que ninguna otra haría. Los hombres debemos hacer el esfuerzo de decirle cosas bonitas o hacerle detalles a nuestra partenaire igual que ella a veces empieza un juego sexual a pesar de que no le apetezca mucho porque sabe que tú si quieres.

Su chica volvió, él la bombardeó con piropos y halagos y aunque en teoría ella no “se los creyó” porque estaba bien magullada, sí sirvieron para que se relajara y la noche continuara como si nada. Mis amigos me miraban desde la otra punta de la mesa con gestos de “buen tanto” y pulgares hacia arriba referidos a mi acompañante y entonces yo empecé a aplicar mi propia teoría de los piropos. Le dije que me encantaba su vestido y su color y nos reimos porque los dos íbamos iguales, de riguroso negro.

Seguimos un rato de fiesta con mis compañeros y luego seguí el procedimiento estándar del VAROSE, la aislé, la fui cogiendo tímidamente de la mano, bailamos un rato para aumentar el contacto físico, me ofrecí a acompañarla a su casa y me invitó a subir directamente al llegar a su portal. Una vez en ella dije todo lo que me gustaba de su casa: que los muebles eran modernos, que la disposición del estudio era muy curiosa, con unas escaleras que llevaban a su dormitorio. Que el balcón era muy tradicional de los pisos antiguos de mi ciudad. Me agaché a acariciar a su gato y cuando estábamos enrollándonos en su sofá le dije entre susurros que me parecía un mujer muy atractiva y posteriormente que me encantaban sus piernas kilométricas.


Todo sincero, de buen gusto y real. Todas mis palabras le agradaron. No es tan difícil.



Y tú, ¿qué le dices a tus pareja para enamorarla... o mantenerla enamorada?


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