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La ansiedad del primer acercamiento (II)


Queda nada para que cierre el Mercadona. La nevera con telarañas y la pereza asoma al instante: haz la lista, coge las bolsas, corre, corre, corre… No. Me voy al Domino’s Pizza.

La sala está prácticamente vacía cuando entro: una familia en una esquina, un solitario con granos por allá y una… preciosa chiquilla, joven, morena  y con ojos despiertos que mira al recién llegado. Está comiendo… ¿sola?  1 bolso, una bandeja, un único vaso… Vaya.

Se enciende la maquinaria. ¿Estará el novio en el baño?  Mmmm, ¿espero un par de minutos a ver si sale? ¿Le entro preguntándola qué hace cenando sola? ¿Tan ordinario? ¿Y si no lo está?

Nadie sale a atenderme así que aprovecho para preguntarle… si es que no hay nadie atendiendo. Nada espectacular, lo sé, sólo quiero ver cómo reacciona. Me contesta muy maja que ahora sale alguien. Y en esto que sale una chica a atenderme. Es hacer el pedido, girarme para esperar en algún sitio y más rápido que el rayo detecto una mirada de complicidad entre la chica que me acaba de atender y la morena referida a mí. Lo normal es que uno se calle esta clase de información (que es más que nada una corazonada ) pero, por alguna razón que yo achaco a demasiadas horas viendo la serie “El Mentalista”, le pregunto en voz alta y absoluto desparpajo a la chica si es que trabaja allí. La chica se sorprende y me dice que no. Le pregunto entonces si conoce a la que me acaba de atender y dice entre risas que es su hermana. Todos nos reímos y yo le comento abiertamente la mirada que se han echado.

¡Es un comentario MUY raro! pero yo lo digo con absoluta tranquilidad y simpatía y aquí no ha pasado nada. Me doy un par de vueltas por el local sin llegar a sentarme, me apoyo en una columna, miro la tele, me vuelvo a apoyar  y decido acercarme de frente a su mesa hasta que, con una cordial petición, me siento en su mesa justo enfrente de ella.

Hablamos de por qué estamos cenando solos, de trabajar allí, de la competencia de otra pizzería… La chica aparta el bolso, se toca el pelo, me sonríe… La cosa pinta bien. Llega el momento "edad" : ¿… pero cuántos años tienes? Agárrate: 17 años.

Bajón.

¿¿¿17???  Yo le echaba unos 22-25… Decido recomponerme con la pregunta obvia ¿cuántos me echa a mí? ¿25?. Pongo cara de circunstancias. ¿27? Mmmm. Acabo reconociendo la verdad: 30 años. No parece que le importe.

De repente llega mi pedido a la barra. ¿Qué hago? ¿Me salto mi regla personal de obviar a las menores de edad? Es mona, simpática, está interesada, vive cerca de mi casa y le he visto, cuando se ha levantado, una figurita que es para escanear e imprimir en 3D en plan recordatorio.

Pero aquí entra la famosa ansiedad de los Ç*^´´+`++-*. Porque hasta el momento he sido un hombre seguro de mí mismo, con aplomo, he manejado la conversación por terrenos interesantes. La he mirado a los ojos y no he sido ni obsceno ni graciosete ni aburrido. Así que sólo quedaba haberme girado, haberle apuntado mi número o mi Facebook y haberla invitado a que me escriba unas líneas y que sea lo que Dios quiera. Pero no. El mismo mecanismo que hizo a mis ancestros prepararse para salir corriendo si aparece un Mamut me ha hecho salir corriendo nervioso de la pizzería limitándome a unas sonrisas y un hasta luego.

Si es que es para pegarme de palos. Hago lo más difícil y fallo rematando. 

Eso sí. Queda confirmado una vez más lo de que "No importa lo primero que le dices a una desconocida". Incluso puedes comportarte a lo Patrick Jane.

Lo dicho. PALOS.



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